viernes, 16 de febrero de 2018

Pureza de sangre

Sienta bien ejercer de navarro en esta completa, abierta, y heterogénea panorámica de la poesía navarra contemporánea preparada por la Asociación Navarra de Bibliotecarios y Bibliotecarias. Hace unos meses que me llegó este encargo y compruebo ahora que el número salió puntualmente al finar el pasado 2017. El especial recoge cerca de ciento cincuenta poetas nacidos o estrechamente vinculados con la Comunidad Foral. Merece la pena detenerse en algunos de ellos y testar el estado de salud de la poesía navarra actual y reciente. Entre los antologados nombres fundamentales, como Munárriz o Irazoki, algún joven bien conocido en estas tierras extremeñas como Hasier Larretxea, y alguna sorpresa inesperada, como Miguel d´Ors, del que descubro que se doctoró en la Universidad de Navarra. Pues bien, por ahí andamos también nosotros. Se puede leer el número completo aquí.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Anáforas

Hay publicaciones de las que uno sabe que se va a enorgullecer toda la vida. Formar parte del corpus de colaboraciones de Anáfora. Creación y crítica es sin duda uno de estos logros. Magníficamente editada, su austeridad formal redunda en la lectura limpia de sus textos, siempre tan escogidos, tan puntuales, tan exactos. Una delicia sumarme en este último número a los Felipe Benítez Reyes, Pablo García Casado, Irene Sánchez Carrón o Roger Wolfe, entre tanto y tan bueno. No puedo sino dar las gracias a Pablo Núñez y Candela de las Heras por su invitación, y al bueno de Miguel por no olvidarse de mí.
 

lunes, 6 de marzo de 2017

Borís Pasternak entre revoluciones

No lo puedo evitar: para mí, hablar de Rusia es hablar de su literatura. Comienzo pues por reconocer que –al menos hasta la fecha– mi conocimiento sobre tan enorme conjunto de tierras y de gentes es parcial y limitado. Es por eso una suerte que, en cambio, su patrimonio literario sea tan excelente y que en él se pueda entrever como en pocas literaturas nacionales la naturaleza más profunda de su pueblo –aunque debiera decir, más bien, de sus pueblos, no todos tan bien retratados como el eslavo–. No es poca fortuna, además, que sus principales autores trabajen siempre desde la íntima imbricación entre la Historia y la narrativa, entre el testimonio y la ficción. Tal vez por ello durante el zarismo como durante el comunismo la literatura –ficcional o testimonial– supo ser más verídica que la propia historiografía. Tal vez por ello haya que escuchar las Voces de Chernóbil recogidas por Svetlana Aleksiévich para comprender enteramente la descomposición del Bloque en una malograda Perestroika. Algo similar cabría decir de los desgarradores Diarios de la Revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, tan alejados del triunfalismo adolescente con que un día imaginábamos la primavera de los soviets. Y puede que sea esta la razón por la cual muchos acuden a novelas tan trascendentales como Vida y destino de Vasili Grossman o como El doctor Zhivago de Borís Pasternak –de enorme impacto tras su publicación al oeste del Telón de Acero, mientras permanecían prohibidas en la propia URSS– para tratar de comprender aquel esperanzador y desolador intento por alcanzar la inalcanzada igualdad entre todos los hombres.
 
Suele decirse que fue precisamente la publicación en Italia de El doctor Zhivago, en el año de 1957, lo que precipitó la concesión del Premio Nobel, tan solo un año después, a su autor. Sin duda, el monumental relato sobre la Revolución de Octubre de 1917 testimoniado por Juri Zhivago, entendido unánimemente por la crítica como alter ego del propio Pasternak, contribuyó a su encumbramiento internacional y a su ostracismo institucional dentro de la URSS a partes iguales. No sería el único artista mínimamente disidente implacablemente perseguido por el estalinismo y sus continuadores. La nómina es larga y la truculencia de muchos casos es de sobra conocida –pensemos en la propia Tsvietáieva–, por lo que no ahondaremos en ello. Seguir leyendo...

domingo, 11 de diciembre de 2016

Construcciones críticas

Es difícil expresar, después de tantos cientos de páginas, la sensación de plenitud, de tarea cumplida, que sentí el pasado miércoles 30 de noviembre. Me llamaron de la Universidad de Oviedo para comunicarme que mi trabajo Posguerra y poesía. Construcciones críticas y realidad histórica merecía alzarse con la segunda edición del Premio Internacional de Investigación Literaria "Ángel González", concedido por la cátedra homónima de la mencionada universidad ovetense. No negaré que la cuantía económica supone una sabrosa recompensa para este profesor interino a media jornada que aquí os escribe. Sin embargo, es la enorme acogida de unos planteamientos que quisieron ser tan descarados como honestos lo que me mece en estos días de diciembre. El trabajo premiado procede de una tesis doctoral que me llevó casi cinco años de trabajo, aunque fueron los dos últimos los que se ocuparon de traducir en palabras el poso de reflexiones y discusiones críticas con las construcciones más consabidas de nuestra historiografía literaria. Posguerra y poesía no equivale a la tesis, sino que reúne una de sus partes: la central, la médula espinal de mis investigaciones. Todavía me queda contenido para un par de ensayos más. Sin embargo, que salga a la luz esta "carta de presentación", esta manera de posicionarme ante lo que, con suerte, será mi campo de trabajo el resto de mis días, no puede enorgullecerme más. Tanto como saber que el jurado compuesto por Jaime Siles, Francisco J. Díaz de Castro, María Payeras, Araceli Iravedra y Francisco Borge no dudó en publicar mis descaradas hipótesis. Tanto como saber de la fe de José Luis Bernal, mi director de tesis, y de los miembros de mi tribunal, en el calado de mi propuesta. Como siempre, ahora queda -bendito sea- más trabajo por delante. Revisiones, pruebas y lo que haga falta. Y, así lo espero, nuevas páginas por escribir, nuevos archivos por pisar, nuevas bibliotecas por desentrañar. Así sea.

domingo, 16 de octubre de 2016

Cela y Cirlot pisan la dudosa luz del canon

Sobre los adoquines de las últimas dos décadas quedan aún, tercos, los restos del naufragio: la serpentina desflorada y el confeti pisoteado que alfombra los suelos de las fundaciones culturales, los envoltorios ya vacíos de tanto centenario junto, la plata quemada de una edad enaltecida en todos los libros de texto. Fue entonces una suerte que España jugara a nuevo rico (ay, el sabroso ladrillo) al tiempo en que nuestros grandes cumplían los cien años. ¡Cuánta zalema alegre, cuánto concejal pellizcando la lozanía de las bandejas (otra vez la plata), cuánta edición conmemorativa, cuánto facsímil de los tiempos pasados! Nacer en 1916, en cambio, fue desde el principio una mala pasada: demasiado tarde para la fanfarria vanguardista, demasiado tiernos para la puta guerra. No es de extrañar que alguno de los damnificados jugara al postismo, ese todo después de todo que a menudo quedó en nada.
 
Entre el nacimiento de Juan Eduardo Cirlot y el de Camilo José Cela mediaron un mes y dos días, como una mala sentencia. Mucho llovió después de aquella primavera de 1916. Tanto, que veinte años más tarde, a punta de pistola, le sacaban a la primavera su sonrisa más forzada. Y después, ese después infame, ese trozo de río, ese bancal de muertos al que llamaron posguerra. Es ahí donde encontramos a los jóvenes Cela y Cirlot pisando la dudosa luz del día. ¡Qué semejantes y qué dispares se nos aparecen hoy sus perfiles! Semejantes a lomos del escuálido caballo de la autarquía, como dos que cabalgan juntos, como paupérrimos templarios. Semejantes también en su surrealismo irredento frente a la falsa guerra fría de los garcilasos y las espadañas, secretamente coaligados. ¡Pero qué dispares años más tarde! A Cela lo encontraremos pontificando con su triple corona (el Príncipe de Asturias, el Nobel, el Cervantes); a Cirlot diluyéndose en las sombras de una España novísima y democrática. Sigue leyendo...

miércoles, 3 de febrero de 2016

Publicar en letra ajena

Advertía Juan Ruiz, arcipreste en Hita, de las bondades de aprender de los yerros en cabeza ajena. Soy sin embargo un ser humano extraño, de esos que no se ríen cuando un transeúnte desconocido se tropieza. En cambio, casi por llevar la contraria a los rudimentos de la hilaridad básica, siempre se me empañan los ojos de lágrimas cuando veo triunfar a alguien al que ni siquiera conozco pero del que sé dos cosas: que se lo merece y que no le ha resultado fácil. Que ha trabajado duro y sin ayudas. O, al menos, sin demasiadas ayudas.

Tal vez por eso me encuentre hoy tan expectante ante la salida, quizás por abril, de un proyecto en el que me embarcó hace unos meses mi amigo Floriano. Preparamos una antología de jóvenes poetas españoles, nacidos entre 1980 y 1995 y, por lo tanto, estrictos coetáneos nuestros. La nómina final me gusta tanto que me planteé envidiar a quienes allí figuraban. Y sin embargo... Es extraño que ahora se me antojen un poco míos todos esos textos. Cantar aquel gol que no marqué en Johannesburgo, regresar de Marte con la última película de Scott, satisfacer la catarsis aristotélica desde unos ojos de Edipo. Tener esta confusa impresión de publicarme en letra ajena. De cerrar el mistérico círculo de la comunicación poética, la que va del autor al lector hasta confundirlos.